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Aprender
a ser humano
Vencimiento
del dominio, del poder y de la
enajenación
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GAIA
Todos
los seres vivos de nuestro planeta nacen de la
misma fuente
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Los
textos aquí contenidos no desean sino constituir una
base de constructivas discusiones y crear un puente entre
todos aquellos afectados por el desolado estado mundial de
las personas y de la naturaleza provocado por la
civilización del hombre blanco en un determinado
proceso histórico. Nuestro propósito consiste
en la creación de un foro en el que al
espíritu humano, gracias al intercambio de ideas, le
sea dado crecer y madurar hasta el punto de desarrollar
activamente una nueva concepción del mundo. Una
concepción del mundo, un mundo concebido de tal modo
que en él, partiendo de la igualdad de todos los
implicados, se establezca el diálogo de la vida. Una
concepción del mundo en la que las fuerzas
conducentes a humanizarlo más no sigan siendo
impedidas por ideologías del poder o por religiones
elitistas sino que, antes bien, haga posible el desarrollo
del ser humano en tanto amigo y promotor de un planeta con
una orgánica unidad social. La meta es la
instauración de una cultura terapéutica cuya
sabiduría habría de garantizar su propio
futuro, puesto que legado para el futuro está.
Considerando
el origen común de la vida
adquirimos conciencia de nuestra responsabilidad,
la cual se manifiesta en unos actos a su vez
caracterizados
por una mayor creatividad y respeto por el medio
ambiente.
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>
Responsabilidad
Global
<
-
Una nueva orientación de la cultura y de la
política -
Pensamientos
acerca de un mundo más
humanitario
De
Wolfgang Fischer
Un
reto a abandonar las creencias extendidas por todo
el mundo en el poder, el dinero y la autoridad de
la civilización fundada sobre esos mismos
aspectos
>
O.M.C.
Millenium
Round
<:
declaración inaugural. Llamado a la
acción directa decentralizada
>
1º
DE MAYO 2000
<:
Dia de accion global, resistencia y carnaval
contra el capitalismo
|
Responsibilidad
Global
-
Una nueva orientación de la cultura y de la
política -
Pensamientos
acerca de un mundo más humanitario
de
Wolfgang Fischer
Un
reto a abandonar las creencias extendidas por todo el mundo
en el poder, el dinero y la autoridad de la
civilización fundada sobre esos mismos
aspectos
La
crisis del medio ambiente y la guerra, la delincuencia
económica y política, la actividad a escala
mundial de los gigantes de la industria, la
degradación social de estratos de población
cada vez mayores así como la reaparición de
interpretaciones religiosas propias de la Edad Media no
auguran un futuro prometedor. La información
intencionadamente falsificada por las finanzas y la
política para proteger fines dudosos demuestra falta
de consideración hacia los pueblos y escaso respeto
por su soberanía. El interés generalizado por
subordinar las decisiones políticas a las necesidades
objetivas en detrimento de las soluciones justas, la
negación generalizada de la relación de
causa/efecto en el lo relativo a la forma de vida y al medio
ambiente así como la defensa militante del status quo
frente a las nuevas ideas y perspectivas obstaculizan el
desarrollo de una convivencia en la Tierra encaminada hacia
un periodo de paz.
¿Somos
solamente objetos pasivos en este proceso o hay otras
alternativas?
¿Queda todavía lugar para la
esperanza?
Sólo
la reflexión sin reservas sobre cuestiones abiertas,
deficiencias e injusticias existentes nos
enseñará, a través de su conocimiento
más profundo - y el de sus efectos -, el camino hacia
la solución de los problemas que amenazan la vida en
la Tierra. Al mirar sin prejuicios el mundo, éste nos
revela el valor común a todas las formas de vida que
impulsan la acción política, orientada hacia
la justicia global; ésta sirve de piedra de toque en
la evaluación de sistemas sociales y
cosmovisiones.
TESIS
1)
La libertad del pensamiento, la comunicación abierta
y la posibilidad de acceder sin trabas dogmáticas o
ideológicas a cualquier tipo de información
constituyen las premisas culturales de la conciencia hacia
una comprensión cada vez más profunda y
auténtica de la vida y de las situaciones en las que
ésta se desarrolla. Sólo un elevado nivel de
comprensión que se nutra de la experiencia y el
aprendizaje de toda una vida da lugar a una mayor
responsabilidad. Cualquier confrontación competitiva
contribuye a mejorar la compatibilidad del ser humano con el
sistema ecológico y social de la Tierra. La
solidaridad hace crecer el deseo y la alegría de
vivir: la ansiedad y el miedo desaparecen. Una
cosmovisión sincera impulsa la acción
política dirigida a mejorar las condiciones en la
Tierra. El espíritu humano maduro crea las
condiciones materiales y emocionales para el bienestar
común y la paz. Lo auténtico vence a la
alienación y a lo ficticio: la verdad hace
libres.
2)
La preocupación por la Tierra como base de nuestras
vidas disuelve las contradicciones sociales. La
conservación y el uso común de los bienes y de
la energía, entendidos como ciclos globales de la
economía mundial, estimulan el desarrollo de la
sociedad planetaria. Los beneficios y rendimientos se
destinan a la promoción de las áreas menos
favorecidas. El capital, la propiedad y el saber
estarán al servicio de la humanidad.
3)
La justicia social y la compatibilidad ecológica de
la economía y de la industria son condiciones para la
supervivencia en la Tierra.
Consideraciones
La
tierra, los mares y los continentes, los paisajes, los
ríos y los lagos, las plantas, los animales y las
personas componen un conjunto, y cada uno de sus elementos
forma parte integrante del magno ciclo de informaciones y
del sistema vital universales de la biosfera. Todo es
patrimonio social de todos, préstamo de la
naturaleza, infraestructura de la vida global, donada y
necesitada de cuidados. La existencia de cada una de las
partes depende de todas las demás; cada componente
contribuye, a su modo, al funcionamiento del
conjunto.
El
presente es la base del futuro. La generación joven
depende de la anterior. Los errores (con frecuencia
considerados equivocadamente como logros), las conquistas,
además de las consecuencias de ambos, perviven a
través de la historia. Cada generación es, por
tanto, responsable ante la siguiente. Cada individuo debe
responder de sí mismo, de los demás y de la
naturaleza que recibimos en préstamo.
En
todo el cosmos, desde los procesos químicos
moleculares, pasando por el material genético - el
ADN - hasta los movimientos galácticos, rigen las
mismas leyes. El motor de todo movimiento cósmico
aprovecha los procesos de reacción (el principio de
la respuesta, esto es, de la res-ponsabilidad) para
desarrollar formas de organización relacionadas entre
sí cual red y, al mismo tiempo, unidas por su origen
común (re-ligio). Con la ayuda de los llamados
órdenes espontáneos, generados por
fenómenos de resonancia del sistema vital, se forma
la universalidad compleja y diferenciada de la vida. Una
unión simultánea de todos los agentes con la
fuente energética de la luz solar (sinergía de
las fuerzas luminosas) garantiza una incesante
evolución diferenciada de las formas de vida en la
Tierra (el principio de la dirección = rectitud). Los
principios de la justicia y de la responsabilidad evolutivas
unen toda la vida en el mismo contexto ecológico.
Sólo la justicia universal, la responsabilidad plena
y la sintonía armónica con las experimentadas
leyes de la vida garantizan el futuro de la
humanidad.
Desde
hace más de tres mil millones de años, la
evolución ha impulsado y desplegado la vida de
protozoos, plantas, animales y seres humanos; paralelamente
se ha desarrollado el medio ambiente. Éste y la vida
misma dependen el uno del otro, se influyen mutuamente y se
encuentran en un proceso dinámico de
adaptación recíproca. La coherencia de sus
respectivas evoluciones es manifiesta.
Orientación
Aparentemente,
los seres humanos tienen en cuenta cada vez menos estas
realidades. La fe ciega en la viabilidad de todo y la
prepotente arrogancia, frutos de los incompletos
conocimientos científicos y de la competencia
técnica de la humanidad, han hecho desaparecer de su
vista dichas verdades. Al atender principalmente los asuntos
económicos particulares, el género humano ya
no se preocupa por el conjunto, no se responsabiliza del
porvenir y no se comporta de acuerdo con su papel como parte
integrante del omnipresente sistema de la vida. Incluso se
puede decir que la humanidad ni siquiera ha desarrollado
todavía estas actitudes. Aún no ha reconocido
ni se ha hecho cargo de su tarea en tanto guardiana de la
vida en el devenir de la historia. Su inmadurez espiritual
lleva a la humanidad negar su responsabilidad frente a los
peligros surgidos de su propia actitud. Sacrificando la
integridad de la biosfera, se doblega ante las necesidades
objetivas que ella misma ha originado.
La
humanidad, liberada de los esquemas de acción
genéticamente determinados, ha desarrollado en el
transcurso de unos veinticinco millones de años un
proceso de maduración corporal y espiritual que
aún no ha concluido en la actualidad. En esta proceso
de humanización se trata de formular el derecho a la
integridad social de la vida y de reconocer el derecho de la
ecología planetaria. El derecho del más fuerte
en el sentido darvinista es algo que no está a la
altura de las circunstancias vitales. La meta del proceso de
aprendizaje de la historia es la superación del
principio de poder y de la violencia en tanto formas de
devenir patriarcales, el desarrollo de una sociedad humana y
de una cultura que garanticen, con sabiduría, la
supervivencia de sus tradiciones en el futuro. Sólo
el conocimiento sobre nosotros mismos nuestra
responsabilidad propiamente dicha, permite que la
evolución cultural refleje y confirme la
evolución genética en lugar de
destruirla.
En
la medida en que el ser humano busque su suerte fuera de los
términos y verdades de la existencia arriba
mencionados y siempre que actúe sin
imaginación o se queda espiritualmente
inmóvil, se pondrá en peligro a sí
mismo y pondrá en peligro a otros. Ahí donde,
por ejemplo, convierta algo en objeto de su propiedad y lo
utilice de forma egoísta, pondrá en peligro la
unidad social y violará el principio del conjunto. Lo
mismo se puede decir de la utilización de los
conocimientos científicos de los que se adueña
para utilizarlos en su provecho económico o en
beneficio de una élite.
Aquí
no se cuestionan la casa propia, la cuenta de ahorros o los
derechos de autor. Pero debe quedar claro que las ventajas
de uno no deben redundar en perjuicio de otro, puesto que de
lo contrario se fomentarían los desarrollos
antisociales, destructivos y nocivos para el medio ambiente.
El poder y el afán extremo de posesión ciegan
al ser humano, lo insensibilizan endureciendo su
corazón. A causa de los intereses de una
minoría, fuerte por la posesión de capital, o
bien por los dictados de una ideología petrificada,
se pone a sí mismo obstáculos para reaccionar
libre y sin prejuicios ante problemas o conflictos. El
hombre pone en peligro la función del sistema de la
vida siempre y cuando utilice su propiedad o su saber de
forma nociva para el sistema global.
La
consolidación de la propiedad privada requiere leyes
e instrumentos de poder. La ley, el poder y la violencia
así legitimada tratan de proteger la propiedad
individual, nacional e incluso ideal. Sea como sea, hemos
pasado por alto el hecho de que la propiedad privada (el
término latino de "privare" viene a ser "robar"),
sustraída del conjunto y de la salud de la
naturaleza, se echa en falta en el sistema global. Se
perturba el desarrollo primordial y auténtico de la
evolución "divina" o libre; se produce así un
déficit, una deuda: la fragmentación de la
vida como fuente de energía y motor de procesos
secundarios y sucedáneos de compensación.
Surge lo "diabólicamente" destructivo como artefacto
de la vida. La escisión de la vida y de la naturaleza
en hombre y mujer, lo propio y lo ajeno, lo conocido y lo
desconocido, lo bueno y lo malo, pobre y rico sin que los
"productos de la fisión" se reintegren de nuevo al
sistema, crea potenciales dirigidos contra la existencia. La
discriminación impide pues toda integración.
La integración, la transformación de elementos
inconscientes en conscientes y la maduración humana
se logran sólo si se afrontan las propias
contradicciones e imperfecciones. Mientras la humanidad no
se entienda a sí misma ni a sus obras como parte de
un todo (de un orden creativo, primordial y
auténtico, es decir, de un cosmos) y se limite
sólo a luchar contra su entorno y a combatir lo
ajeno, transmutará su innata alegría de vivir
en miedo y angustia. Es hora de revisar nuestras ideas
acerca de la finalidad y el sentido de la vida así
como de liberar nuestro espíritu de las ideas
procedentes de los ambientes enclaustrados o sectarios. Es
hora de aclarar de modo radical nuestra relación con
la vida y con nuestra corporalidad. Mientras la
sexualidad, expresión primordial de la vida,
esté alienada por las tradiciones sociales o los
dogmas de las instituciones religiosas hasta tal punto que
su práctica a menudo esté ligada a un
sentimiento de culpa o miedo así como a la
opresión de la mujer, tendrá el resultado
ineludible y amenazador, por un lado, de la
transformación perversa de la alegría de vivir
en afán de poder y, por otro, de la generación
de complejos de inferioridad con las consecuencias
criminales de ambos. Una vivencia placentera y natural del
cuerpo y de la sexualidad libera, por el contrario,
sensaciones de plena empatía con la vida. La persona
que ama aprecia su entorno y lo conserva, es menos
manipulable y menos disponible a las necesidades del poder.
Esto explica las actitudes hostiles respecto al cuerpo y,
por ende, a la vida de todos aquellos que se encuentran en
el lado del poder. Mientras el círculo vicioso de la
tutela, la opresión y la conservación del
poder, del amedrantamiento y de las amenazas, de la
arrogancia y de los complejos de inferioridad no se
quebrante con los principios de la justicia social y con una
actitud pacífica y respetuosa hacia la vida,
seguirán prosperando en detrimento de todos nosotros
el afán de poder y la codicia. En una cultura y una
civilización de estas características
emergerán cada vez más enfermedades,
más problemas sociales y más perturbaciones
del equilibrio ecológico.
El
conflicto entre los procesos de distribución y
transformación en el seno de la naturaleza, por un
lado, y los régimenes de propiedad con fines
alienantes, por otro, frenan el crecimiento evolutivo. En el
transcurso de la historia se ha desarrollado un potencial
contrario a la distribución justa de los bienes y al
progreso.
En
resumidas cuentas: el surgir y la delimitación de la
propiedad y del saber crean una polarización y
atentan contra la unidad. Si se produce una
perturbación del flujo libre de la
información, nacen tensiones entre la propiedad, el
poder y la violencia por una parte y la calidad de vida por
otra. La propiedad de uno puede llegar a la
contradicción y el litigio con el otro. Cuanto
más intentemos establecer acuerdos legales para
regular el tratamiento de la propiedad, tanto menos
deberemos pasar por alto la interdependencia existente entre
el poder, sus órganos ejecutivos y los propietarios.
El legislador debe hoy reconocer que la lucha y las
contradicciones substancialmente más peligrosas no
son las que afectan a los intereses de individuos, grupos,
estados, consorcios nacionales o multinacionales, etc., sino
antes bien que el intelecto humano, sin percatarse de ello,
se ha creado una tensión entre el orden humano, por
una parte, y la plenitud natural, la unidad
paradisíaca y el incólume orden celestial, por
otra parte. A este respecto hemos de apreciar que
consideramos estos últimos en tanto ideales, pues en
efecto quedan sometidos a las influencias telúricas
como los "terremotos" o catástrofes extraterrestres.
No se trata, pues, sino de reconocer los fenómenos
causados por el hombre. Debemos reconocer que se trata del
todo, de la supervivencia de las formas de vida más
evolucionadas de la Tierra.
La
propiedad humana ha conseguido poder de protegerse a
sí misma. La propiedad, el dogma, la ley se han hecho
más importantes que la vida misma. Se está
aniquilando así una criatura aún sin derecho,
una circunstancia ante la cual la mayor parte de las
personas permanece indiferente, si bien la vida de cada uno
de nosotros ya está amenazada. La masacre de la vida
sobre la tierra clama por concluir, por el advenimiento de
la liberación. Los errores de nuestros sistemas
sociales demandan correcciones. Hay que conceder a la
biosfera un amparo legal garantizado incluso formalmente. No
se puede convertir caprichosamente la creación en
propiedad privada ni fragmentarla en propiedades o comprarla
por dinero; las partes integrantes de la Tierra no se pueden
multiplicar libremente al antojo del poder y del negocio; se
reproducen siguiendo exclusivamente el curso de la vida. La
vida terrestre es un sistema abierto que culmina en la vida
misma. ¿Qué significa esto? La energía
luminosa del sol, modulada a través de los ritmos
cósmicos, alimenta la biosfera. La fuerza
organizadora de la luz contiene las informaciones que hacen
crecer las estructuras de la vida por el camino de la
evolución. Por consiguiente, los órdenes y
sistemas humanos deben procurar que la justicia de la
evolución (en contraposición al derecho del
poder) y la creatividad auténtica (en
contraposición al irrefrenable y secundario
afán de acción y de diversión) se
reflejen en ellos mismos. A los seres humanos se nos ha
encomendado la tarea de desarrollar y vivir el originario y
radical potencial creativo de los dioses a los que dan culto
ciertas religiones. Al mismo tiempo estamos obligados a
desenmascarar las crueldades de muchas religiones como
proyecciones (in)humanas que menosprecian la vida y a
superarlas de acuerdo con los logros humanitarios. En la
Tierra necesitamos organizaciones sociales en las que la
responsabilidad y el aprecio hacia la vida sean capitales
prioridades políticas. Es hora de liberar el sistema
abierto de la vida llamado Tierra de las limitaciones,
disminuciones y amenazas creadas por Estados nacionales,
economías egoístas y anticuadas creencias
metafísico-religiosas de factura humana para hacer
posible una dimensión humana, social, sana y
auténtica de la vida. No debemos esperar más
para respetar y reconocer aquellos principios que garantizan
y salvan la vida en la naturaleza y que seguirán
desarrollándola cuando nosotros hayamos dejado
atrás la ilegalidad, el menosprecio, la
imperfección y todas las demás actitudes
contrarias a la evolución y a las
criaturas.
La
aportación de la humanidad a favor de la biosfera es
todavía peor. Sus órdenes sociales explotan
los sistemas y los ciclos de energía existentes en
lugar de conservarlos o desarrollarlos. Parece que los
animales y las plantas muestran comportamientos
ecológicamente mucho más inteligentes que
nosotros. Hasta las madres de los cuervos parecen más
capaces en la transmisión de una conducta social
acertada que los progenitores humanos, alejados del saber
concerniente a las condiciones naturales. El entumecimiento
espiritual y las enfermedades físicas y sociales son
el resultado de una educación que, desde el hogar
paterno hasta la universidad, asfixia las sensaciones
vitales y la sinceridad espiritual de los jóvenes en
provecho de las ideologías de las respectivas formas
sociales. La peligrosa situación del equilibrio
ecológico y social de nuestro planeta prueba
inequívocamente el subdesarrollo y la insuficiencia
de los sistemas de pensamiento y de enseñanza de las
naciones más poderosas. El abanico de enfermedades
humanas demuestra que con nuestra actitud espiritual no
fomentamos suficientemente la vida. Los últimos
conocimientos de la llamada psiconeuroinmunología
señalan que la acción de los pensamientos e
ideas puede disponer al cuerpo para la enfermedad o la
salud. Se hace patente la posibilidad general de condicionar
nuestra constitución individual.
Nuestros
sistemas de pensamiento, nuestras filosofías y
nuestras religiones carecen, por una parte, de la necesaria
visión global del todo mientras que, por otra, les
falta también la noción del comportamiento
sano para con la esfera personal. El afán
desequilibrado por el progreso orientado hacia el
crecimiento material y el incremento de las posesiones y del
poder impide el reconocimiento espiritual de los principios,
nexos y leyes que sustentan y garantizan la vida en la
Tierra. En su quimérico afán de poder, muchas
de las naciones más influyentes se comportan como
colegiales que rechazan la asignatura capital (la vida),
idean un mundo sucedáneo de leyes arrogantes, tratan
mal al maestro (la naturaleza) y devastan el aula (el medio
ambiente). Partiendo de estas conclusiones, la juventud del
"no future", destructiva y agresiva, se comporta de un modo
extremamente conformista con el sistema; una juventud de
estas características refleja nítidamente la
realidad social. Este modo de vida y estas formas de pensar
impiden los procesos de maduración y
concienciación, previstos por la naturaleza; se trata
de un proceso de evolución espiritual que nos
permitirá transformar el actual potencial de vida,
aún muy destructivo, en un potencial de
conservación de la vida, un potencial de
autoconservación que, al contrario que las conductas
habituales, no deteriore el medio ambiente ni aniquile
plantas, animales o personas, sino que posibilite antes bien
la supervivencia de la humanidad y de la naturaleza. Este
potencial creativo nos proporcionará ideas sobre
nuevas formas de organización de la sociedad mundial,
formas de organización que se adecuarán a los
requisitos sociales y ecológicos de supervivencia.
Muchos pueblos precoloniales, sacrificados en el altar del
progreso de la civilización a los intereses del poder
y del dinero, habían encontrado ya estas formas de
vida y de organización.
Debemos
aprender a preocuparnos de que se garanticen las condiciones
básicas del bienestar y de la salud en todo el mundo.
Debemos reflexionar sobre cuáles podrían ser
las necesidades básicas de la vida. El uso de agua
potable en las cisternas de los retretes, la electricidad
para hacer funcionar aparatos de lujo y la gasolina en
cantidades ilimitadas no tendrán muchas posibilidades
de convertirse en estándar, puesto que la abundancia
de los recursos en una parte del mundo produce pobreza en la
otra. Tener asegurado los aspectos materiales de la vida
apenas ofrece garantías de satisfacción o de
tranquilidad interior. La prueba de esta aseveración
son los problemas de alcoholismo y drogodependencia
existentes en las naciones consumistas industriales y en el
seno de los estados sociales. El hedonismo y el afán
de poder son signos de evasión hacia necesidades
falsas y, al mismo tiempo, indican falta de seguridad
emocional. El miedo es, por tanto, el precio que pagamos por
evadirnos hacia sucedáneos y prueba la existencia de
una crisis de sentido y de valores. El objeto de estas
crisis es la sacudida de estructuras y creencias para
posibilitar el cambio necesario hacia una sociedad
pacífica y respetuosa con el medio
ambiente.
El
bienestar emocional y el sentimiento apacible de la
seguridad en uno mismo requieren, además, de la
satisfacción de las necesidades materiales, salud
espiritual y madurez. La estabilidad emocional de las
personas y de las naciones está condicionada por el
derecho al uso justo de los bienes de nuestro mundo. A este
respecto pueden contribuir mucho las clases dominantes. No
deben comportarse ya como depredadores que, sin pudor,
aprovechan sus posiciones de poder para explotar a los
pobres o a los desamparados. El sentido de un "nuevo orden
mundial" no debe consistir ya en sanear las economías
de las naciones industriales. La globalización
comprendida en tanto un totum de intereses y en tanto
protección de los capitales de la industria y de las
finanzas (véase AMI - Acuerdo Multilateral de
Inversiones) se manifiesta como un intento de asfixiar en su
génesis a la oposición a las prácticas
ecológica y socialmente nocivas de los intereses
financieros mismos cuyo radio de acción se extiende
por todo el mundo. La globalización desde este punto
de vista no se revela sino como un ataque a la
soberanía de los pueblos. Bajo el lema del "progreso
y libertad democráticos" se anulan constituciones
nacionales junto con sus derechos de protección
social y ecológica en pro del derecho en bien del
capital invertido. Si, al contrario, entendemos por
globalización un crecimiento conjunto de lo pueblos
en tanto acercamiento de las personas entre sí
gracias a la comunicación rápida y libre y si
deseamos una comprensión mutua creciente gracias a
conocernos efectivamente, la consecuencia puede ser una
solidaridad mundial que desembocaría en unos
esfuerzos conjuntos de hacer la vida sobre la tierra
más humana, justa y respetuosa con el medio ambiente.
La
ayuda al desarrollo, comprendida en tanto amorosa y paternal
ayuda, debería procurar el progreso material sano y
el desarrollo libre de la conciencia de todos los "hijos de
la Tierra" así como el desarrollo de la conciencia
hacia el reconocimiento del derecho a la vida de todos los
partícipes. Sólo el desenvolvimiento libre de
su talento de autoconservación creativa,
únicamente el desenvolvimiento universal de su
instinto social hacia la instauración de comunidades
de plena soberanía popular, regidas
democráticamente, conferiría al hombre la
madurez psíquica para sobrevivir. La destructividad,
el miedo y la incompatibilidad, resultados de su inmadurez
se disolverían así. Una moral y una
ética universales sólo se desarrollan por
medio del libre desarrollo de las personas, exento de
barreras ideológicas o dogmáticas de la
cultura. La persona psíquica y anímicamente
sana y madura, mantiene una relación llena de sentido
con toda la vida terrestre y acepta su origen común.
La noción relativa a la base común de todas
las formas de vida acabará con la batalla por la
verdad dentro de las falsas doctrinas elitistas.
Hay
que exigir a las ideologías políticas y
religiones que superen los viejos y periclitados dogmas que
vienen sumergiendo al hombre en el caos y la tragedia. Ya no
se puede consentir que se maten personas u otras criaturas
en nombre de Dios o de un supuesto progreso. La virtud de
una religión es su capacidad de soportar respuestas
nuevas, fundamentales y coherentes, que perfeccionan el
pensamiento de la humanidad y lo hagan más veraz.
Sólo un pensamiento auténtico a favor de la
vida puede ejercer una influencia optimizadora en la
realidad mundial a través de la acción
personal y la política.
La
calidad de nuestra vida depende de la calidad de nuestro
pensamiento. Tal y como pensamos hoy, viviremos
mañana. Por ello, toda nuestra atención y
preocupación deberían estar dedicadas a la
calidad del pensamiento. El dominio de la razón
lógica en el pensamiento relega la fantasía
lúdica a un segundo plano y con ello la creatividad
propiamente dicha. El ave del paraíso, el caballo de
mar o la selva tropical corren peligro de desaparecer del
tablero de dibujo del planificador. La variedad de las
especies no es el resultado de una lógica
obsesionada, sino de una libertad que se autoestimula
(caos creativo). Un estado de esta índole se
caracteriza por la tolerancia y la fineza perceptiva:
cualidades que predicamos, sí, pero que
todavía no vivimos, cualidades que hemos de poner en
la práctica, cualidades que corresponden a la actitud
de cariñosos padres que quieren preparar a sus hijos
para que puedan vivir un futuro pleno de nuevas
posibilidades, una vida que ya no hay que percibir como
peligrosa porque trabajamos con responsabilidad propia,
autonomía, creatividad, esperanzas y llenos de
ilusión por el futuro común a todos los seres
vivos de la Tierra. Sólo así podemos convertir
las muchas ideologías falibles en un infalible
instinto humano.
En
el abandono de las pretensiones de poder a favor de la
libertad espiritual, con espacio suficiente para la
evolución y el cambio, se encuentra el punto de
partida para alcanzar la paz mundial. La voluntad
política de difundir confianza y prestar ayuda y
estímulos crea la motivación por un lado y
trabajo por el otro, siendo que ambos influyen en todas las
dimensiones de la sociedad mundial. La idea de una familia
constituida por toda la humanidad, la visión de una
vida justa, la lucha por una convivencia de todos llena de
sentido, la celebración alegre de fiestas y el
trabajo y disfrute comunes y llenos de satisfacción
pueden mermar la competencia destructiva y el miedo
universal que hoy aún caracterizan las motivaciones
políticas. Debemos cambiar nuestra relación
con los Estados desfavorecidos y los trabajadores
extranjeros y sus familias para terminar con la
explotación de quienes dependen de nosotros. La
responsabilidad hacia los grupos de población cuya
miseria social es el resultado del bienestar de otros y la
responsabilidad hacia las personas que vienen a nuestro
país en busca de ayuda es más grande de lo que
muchos quisieran reconocer. Tomemos los problemas que nos
rodean como un desafío, no los consideremos como una
pesada carga que endosamos a los llamados chivos
expiatorios, antes bien considerémoslos como la
oportunidad de llevar a cabo auténticas renovaciones.
Las revoluciones sangrientas, las guerras y la violencia ya
no deberían encontrar sitio en nuestros pensamientos.
Si somos capaces de enfrentarnos con los problemas y si
estamos dispuestos a resolverlos desde sus raíces,
nos darán fuerza interior y poder de
convicción. Esta superioridad pacífica e
insobornable nos obliga moralmente a señalar tanto
las injusticias de los Estados de nuestro entorno como las
imperfecciones de nuestra propia práctica
jurídica.
Ya
no hay que tolerar las violaciones de los derechos humanos y
los delitos contra el medio ambiente sólo porque
ambos prometan niveles salariales más bajos y
beneficios más altos. Con tales desequilibrados
intereses económicos producimos en el mundo estados
de emergencia medioambiental, miseria social y corrientes
migratorias de refugiados y asilados. Abrirse y compartir
pueden ser actitudes que desplacen la imposición de
límites y el ansia de ganar siempre más
dinero. La conservación medrosa y destructiva de
privilegios, el juicio arrogante sobre los demás, las
reacciones de castigo o de venganza, todas estas
manifestaciones criminales de nuestra injusticia mundial y
de la falta de amor redundarían, si
concentráramos nuestra conciencia y nuestros
pensamientos, en lo que nos es común, en la vida y la
supervivencia. Entonces podríamos entender no
sólo que debemos respetar el derecho a la vida de
todos los seres humanos, animales y paisajes, sino
también que hemos de preservar los ciclos naturales
de regulación que tienen lugar en la Tierra. Los
círculos de los gases que respiramos, del agua
potable, de la cadenas alimenticias, de la siembra y de la
cosecha. Debemos aprender que los ciclos reguladores de la
naturaleza repercuten también en todos los aspectos
de las sociedades, en las economías y en las
administraciones. Los ciclos reguladores, las relaciones
internas y las leyes de la evolución garantizan el
sentido justo de todo lo que sucede. Ahí donde
atentamos contra este sentido de la vida, bien porque seamos
inconscientes o bien por ir, con actitud ignorante o
corrupta, en contra de hechos ya conocidos, percibiremos
pronto las consecuencias de nuestro comportamiento inmaduro
en forma de criminalidad, terror y
catástrofes.
Determinadas
concepciones de Dios o del mundo nos impiden todavía
creer en los mecanismos de reacción de la naturaleza,
simples, ineludibles y puros (actio = reactio). La
justicia real y absoluta nos parece una quimera. Preferimos
creer en deidades que juzguen e hijos de procedencia divina
que nos salvan. Creemos en divinidades puestas a
disposición de nuestras instituciones religiosas y
encadenadas al poder estatal; son dioses que amenazan y dan
miedo, dioses que sirven de tapadera para realizar negocios
injustos y que, por ende, consumen el valioso lapso de
nuestra vida.
El
superávit producido por las sociedades antiguas
sirvió primero para la siembra del año
siguiente; luego pasó a los bolsillos del clero y el
funcionariado; hoy sirve para mantener a los gigantes de la
banca y la industria. Las plusvalías se incrementaron
a costa de una distribución equitativa y justa. La
cualidad del dinero de producir intereses, su artificial
fertilidad y su vitalidad morbosamente prolífera han
otorgado a Mamón el poder convertido hoy en una
amenaza omnipresente de la vida. La multiplicación
del dinero en forma exponencial para los especulantes
ganadores, y, por otro lado, una destrucción
gigantesca de dinero mismo y material para los perdedores,
todos ellos participantes de incontables guerras
(económicas) El mal funcionamiento de los sistemas
monetarios y los órdenes económicos de los que
la especie humana es responsable muestra claramente que en
nuestra política algo falso hay. De ahí que
resulte razonable preguntarse qué hacemos mal. La
respuesta ofrecerá nuevas perspectivas, siempre que
estemos dispuestos a darnos cuenta del error de subordinar
la vida a valores muertos o de sacrificarla con pretextos
financieros. La protección del medio ambiente y la
justicia social son demasiado caras siempre que se gastan
sumas incalculables de dinero en aras de objetivos de una
política de poder como, por ejemplo, para
instalaciones militares o de energía nuclear,
detrayéndose de otros fines más razonables.
Deberíamos estar dispuestos a cambiar nuestras
actitudes, a cuestionarnos a nosotros mismos, a abandonar
determinados mecanismos de regulación social y
ciertas ideas dogmáticas para dejar paso a una
comprensión nueva, superior y más universal de
todo lo que hacemos, vivimos y experimentamos. Es de esperar
que esta disposición nazca del amor y de la
inteligencia y que no sea el producto de catástrofes
aniquiladoras. La vida nos agrede si nosotros la
agredimos.
Observemos
a una lavandera del mundo desfavorecido. Canta y trabaja con
las manos, sin prisas. Ríe e irradia una paz interior
de la que carecen tantas propietarias de lavadoras
automáticas en las naciones industriales. ¿Por
qué tenemos tanta prisa y por qué
desarrollamos una laboriosidad tan hostil a la vida?
¿Por qué tenemos tan poco tiempo, siendo la
duración de un día la misma tanto aquí
como allá? ¿Quién nos roba el tiempo
fingiendo que nos lo da? ¿Por qué creemos
constantemente que nos estamos perdiendo algo?
¿Quién o qué nos mete tanta prisa y no
nos permite descansar? ¿De dónde obtiene su
energía nuestra autodestructividad? El creciente
vacío interior, la extensión del
autoengaño y la consiguiente alienación
respecto a nuestra naturaleza son las causas de todo mal. La
llamada civilización del rendimiento y del lucro
carece de sinceridad. El amor a la vida se asfixia sumergido
en conflictos de intereses que ya se han hecho patentes en
el Derecho medioambiental, el Derecho sobre los alimentos o
la defensa de la Constitución. Aunque el resultado de
nuestra agitación, de nuestra objetividad y de
nuestro modo de vivir sea la acumulación de riqueza
material y una supuesta seguridad, nuestros sentidos
están aturdidos, las enfermedades se vuelven
crónicas y nuestro medio ambiente se muere. Si esta
muerte es el precio que pagamos por la civilización
en la que vivimos, debemos preguntarnos si esta
civilización es digna de la vida que le dedicamos.
Nuestra política, caracterizada por el proteccionismo
de intereses, podría dejar de fomentar la muerte en
todo el planeta. Podríamos terminar con las
potencialidades de destrucción, que pueden fundirse
en gigantes incontrolables. Hoy los dragones bíblicos
se llaman consorcios transacionales y bancos. Los
órganos de los servicios secretos de las estructuras
políticas, dependientes de aquéllos, son los
modernos monstruos mitológicos.
Podríamos
superar nuestros modos de vida incompatibles si
pusiésemos en cuestión los conceptos,
ideologías y creencias a los que nos hemos
acostumbrado y que han ido creciendo. Una
comunicación exenta de amenazas, de violencia y, por
consiguiente, sin miedo, deparará la sinceridad, el
respeto y la autenticidad, virtudes propias del niño
recién nacido. Seguiremos siendo sensibles y francos;
valientes y sin miedo, pudiendo hacer caso a nuestros
sentimientos y escuchar la voz interior. Llenos de confianza
y más allá de la lógica
científica nos adentraríamos a todo el sector
de las relaciones no causales, de lo azaroso, de lo nuevo:
el reino de las ideas y las soluciones donde la
inspiración sustituye las actitudes invariables,
donde a la fijación en lo obsoleto se le pone sus
límites. Conscientes de nuestra propia
responsabilidad ya no echaremos la culpa al destino. El
desarrollo de la toma de conciencia de nuestra
función y tarea en el marco de la evolución
nos proporcionará la libertad para estar al servicio
de la vida.
Por
medio de la destrucción en el ámbito
medioambiental, provocada por nosotros mismos, el lema
político del "Bienestar a través del
crecimiento económico" nos viene indicando unos
límites naturales. En la medida en que nos atengamos
a dicho principio, sintiéndonos responsables de la
"economía libre de mercado" ("libre", sólo
para determinados intereses) y tras la muerte de la
economía planificada, inflexible
ideológicamente, sacrificamos a este objetivo
político la vida de nuestra Tierra y la creatividad
de las personas. El mundo, los países y los pueblos
viven de las ideas y de las iniciativas de sus gentes. La
puesta en práctica de las ideas requiere un control,
según nos enseña la historia, pues en nuestra
la falta de orientación no son propia todas las
aptitudes para la creación y para la
destrucción. Hasta ahora, el control se ha ejercido
en relación a un determinado pueblo, un determinado
grupo u otros intereses comerciales o ideológicos.
Estamos obligados hoy a reconocer que el derecho de una de
las grandes potencias a vetar los intereses de la
mayoría puede resultar una injusticia y que
habrá que desarrollar un control que toma en
consideración el funcionamiento orgánico del
todo. Debemos reconocer que el sentido de controlar las
ideas e iniciativas de los seres humanos no puede basarse en
la defensa de los intereses de unos pocos. Su objetivo tiene
que ser, por el contrario, el funcionamiento sano de toda la
Tierra. El sistema de la vida de la Tierra comienza en los
ámbitos local o comunal y termina en las dimensiones
de la atmósfera. En la realidad de la vida de la
Tierra no existen las fronteras de los estados nacionales.
Igual que las bandadas migratorias de las aves, la
naturaleza no para en estas estructuras artificiales que
reflejan fielmente la inmadurez de la humanidad. Los estados
nacionales son un elemento de transición de la
evolución social de la humanidad impuesto a la fuerza
y con violencia en continentes enteros. Mas hay fronteras en
la biosfera que hemos ignorado hasta ahora absolutamente:
las fronteras de la vida.
Al
servicio del poder, de los beneficios y de la ignorancia
hemos descuidado totalmente las fronteras genuinas de la
vida de los indios, de los árboles, de los peces,
etc. Aunque las secuelas de esta conducta errónea se
hacen cada vez más patentes, nos atrincheramos,
recalcitrantes, porfiadores y obtusos tras las barricadas y
mentiras de nuestros sistemas de pensamiento e
ideologías. Si queremos sobrevivir, hemos de aprender
a aceptar y a superar este hecho. Debemos aprender a obtener
las consecuencias de los errores que hemos cometido en la
historia. Debemos entender hasta qué punto la suerte
y la decepción privadas, las ideas religiosas
erradas, el miedo, la insatisfacción emocional y
otras imperfecciones sociales pueden influir en decisiones
de transcendencia político-social a través de
actitudes de terquedad, prejuicios, autoengaños y
manías. Debemos aprender a reconocer nuestros errores
y a arrepentirnos de ellos. Debemos aprender a aceptar
nuestras dudas y nuestros temores y a hablar de ellos. Los
periodistas, los políticos y otras personalidades que
influyen en la opinión pública deberían
hablar ante los micrófonos con la mirada puesta en la
verdad, ya que ningún otro bien de interés
reacciona con mayor sensibilidad ante las transgresiones.
Las palabras francas y los sentimientos sinceros crean
proximidad y confianza y hacen, en última instancia,
innecesarios nuestros costosos sistemas defensivos. El
diálogo impregnado de responsabilidad y una
administración valiente con la verdad evitarán
que dañemos definitivamente los fundamentos de la
vida en la Tierra.
Contemplemos
nuestra vida, tan saturada, devoradora de tiempo y, sin
embargo, tan poco satisfactoria en el Primer Mundo,
industrializado y rico. Y contemplemos, por otra parte, la
vida pobre, llena de tiempo e inspiración, rostros
sin tensiones, en todos aquellos países en los que
los problemas de alimentación están resueltos
gracias a la ayuda internacional o a las condiciones
naturales. Quedan por mencionar todavía aquellos
países cuya población padece hambre; Estados
bajo control de poderes ajenos, sujetos a dictaduras o a
determinadas estructuras financieras (IWF); países
con sociedades divididas en clases: una clase adinerada y
otra de desposeídos que con su trabajo crea las
riquezas de la otra. Hambre y despilfarro son las dos caras
de la misma moneda. También los políticos
cristianos han participado en el desarrollo de esta
injusticia. Igual que el Papa de Roma, que se proclama
guardián del mensaje de salvación y pastor de
la humanidad, actúan los administradores de los otras
religiones: en el amplio espectro de la vida se han quedado
también del lado del poder, del lado de los que no
tienen alma ni corazón, del lado de la muerte.
Resulta increíble que sólo unas pocas personas
sepan cómo se ha desarrollado históricamente
este hecho. Y se explica porque se recurre todavía
hoy a aquellos programas, ideas y concepciones que
justamente fomentan el desarrollo de los problemas. La
arrogancia, la necedad y la inhumanidad propiamente dicha,
es decir, la humanidad inmadura, son inconcebibles; son
incomprensibles a la vista de la penuria, la pobreza y el
rastro de la muerte. Se trata de una huella que debilita
también nuestras almas, nuestra
constitución.
La
perfección tecnológica y el vacío
espiritual no van necesariamente unidos. Se trata de
elementos de desarrollo paralelo en dirección de la
insensatez sólo allí donde el poder y los
beneficios económicos mandan. Si, por el contrario,
centramos nuestra atención en el respeto general, el
amparo emocional y de la solidaridad mundial, sofocaremos el
ansia de ganar más y más y terminará la
vía por el callejón sin salida de las
satisfacciones artificiales. El hombre podrá
desarrollar su creatividad en beneficio del bien
común. El progreso se convertirá en algo lleno
de sentido y al servicio del todo social. Este tipo de
progreso se regula solo, a través de las necesidades
del sistema en el que actúa. El progresos
tecnológico se desacelerará hasta alcanzar una
medida razonable y ofrecerá a la comprensión
metafísica la posibilidad de crecer también.
Si el progreso externo y el intelecto humano avanzan
paralelos se da un progreso de la evolución que
conoce los límites del espacio vital y se queda
dentro de la biosfera como sistema destinado a la vida. Este
descubrimiento y perspectiva crea una orientación y
soberanía interiores. La integración
meditativa de la razón calculadora y de la
intuición sensible conlleva un enriquecimiento
emocional: comprendemos, perdemos nuestros miedos, nos
sentimos más seguros, somos menos manipulables,
alcanzamos una autonomía en el sentido del todo,
nuestra vida se convierte en útil para la Tierra y
propagamos paz interior y amor.
Tan
pronto como la sociedad mundial deje de contentarse con los
objetivos materiales será capaz de desarrollar los
estándares de la paz, la tolerancia bienhechora y los
igualitarios derechos a la vida. A los avances relativos a
los aspectos externos, materiales y ficticios, podrán
seguir los avances relativos a la conciencia hacia una
calidad de vida propiamente dicha y una realidad de vida
auténtica. Si no se produce esta evolución
estaremos perdidos. La cultura del futuro o será una
cultura terapéutica, amante de la vida, o no
será ninguna cultura. Este razonamiento coincide con
las concepciones de muchas religiones. El objetivo es el
paraíso, un nido del amor mas - y esto es lo nuevo -
en la Tierra, "en el más acá". Tan pronto como
entendamos que el más allá bíblico no
es otra cosa que el futuro que nos espera y al que hemos de
llegar por medios políticos, la psique humana madura
podrá desarrollar marcos espirituales de
acción propiciadora de la vida. Cualquier ribete
mágico, místico o seudorreligioso de los
marcos tradicionales de acción quedará
automáticamente anulado. El resultado será una
orientación humana llena de sentido que pondrá
fin a la búsqueda de provechos de la minoría a
costa del bienestar de los otros. Una orientación
plena de sentido nos transmitirá el espíritu y
la grandeza que nos ayudará a dejar atrás los
antiguos lastres.
Las
fuerzas intelectuales deberían empezar no sólo
a tematizar las penurias y contradicciones actuales, sino
también a explicar los errores y mentiras de la
historia. Los líderes religiosos, no sólo los
de Roma, harían una gran labor si, para borrar la
huella de la muerte de la intolerancia, fueran capaces de
arreglar con el mismo afán los errores de su
historia, lo que repercutiría de forma liberadora en
el pensamiento de las gentes. Los errores políticos
del pasado, al igual que los religiosos, prolongan sus
efectos hasta el presente: Latinoamérica,
África, la India y otras áreas de la Tierra
padecen, además de su herencia cultural, los
subdesarrollos derivados con la colonización
europea.
Puesto
que todavía no hemos digerido bien nuestra historia,
nos duele la falta de definición de las perspectivas
de futuro, de las ideas religiosas y de las orientaciones.
Tanto el mundo cristiano, judío, islámico como
chino, todos, en fin, sufrimos de nuestra incompatibilidad
con las necesidades de la naturaleza. Adolecemos de
"sobreestima" arrogante y de esquizofrenia fanática.
Sufrimos por no confiar en el poder del diálogo
plural; nos duelen las consecuencias negativas de la
historia humana, reprimidas o no digeridas; a pesar de la
existencia de todas las religiones, nosotros mismos nos
dolemos, por la falta de orientación pacífica
y de un camino común a recorrer.
Toda
planta y todo animal lo tiene más fácil
gracias a las formas de conducta (instintivas) fijadas
genéticamente y desarrolladas socialmente. Por eso la
llave dorada hacia un futuro fértil y esperanzador se
halla en nuestro proceso de maduración hacia una
conciencia universal y una responsabilidad justa: a formas
de reaccionar y formas de vida que promueven la vida misma
en lugar de destruirla. La preocupación por nuestra
seguridad y la situación de nuestro patrimonio
personales será tranquilamente sustituida por la
certeza primigenia de contribuir al desarrollo de la
vida.
En
nuestras relaciones personales y en el trato político
internacional tendrá cabida un nuevo espíritu.
A través de una comunicación sincera y honesta
pondremos en práctica el espíritu de ayuda y
de salvación, es decir, una cultura de la
solidaridad. Juntos vamos a obtener conclusiones del pasado.
Los gestos de amenaza del poder y el arma militar como
instrumento político se enterrarán en el
cementerio de la historia después de la última
fase de su utilización en defensa de aquellos
objetivos mencionados contra las mismas fuerzas
militantemente reaccionarias. La guerra, en el futuro, no
podrá seguir siendo un método de
discusión: un noble reconocimiento de los motivos de
la parte contraria por medio de los medios de
comunicación sería de gran ayuda, se necesita
la afanosa dedicación personal en el telón de
fondo de unos cuestionamientos globales de los problemas, se
necesita la negación personal al apoyo de los
intereses políticos y de poder, es inexorable el
aislamiento honesto y sin compromisos de todas aquellas
fuerzas intervinientes en la sociedad de los estados que
aún no hayan aprendido las lecciones de la historia
de la humanidad. El aislamiento político,
económico y moral así como la
proscripción de los seguidores del principio de la
violencia del poder son necesarios a nivel mundial.
Simultáneamente debe tener lugar un estrechamiento
amistoso de manos y también el respeto y
comprensión de los temores y miedos de los partidos
litigantes a fin de hacer posible la construcción de
un puente hacia una comunidad pacífica sin que vuelva
a presentarse el fenómeno de la violencia. Poniendo
fin a las representaciones aparentemente inofensivas de la
violencia en los tebeos infantiles, juegos de ordenador y
otros medios de diversión, se creará un
ambiente de respeto mutuo y de respeto por la vida;
tomaremos conciencia de los caminos que nos salvarán
del holocausto global. Sólo un ambiente de confianza
y de diálogo sin reservas generará los
recursos necesarios - invertidos aún en el aparato
militar o formando parte del capital oculto en las
innumerables cuentas desconocidas de los bancos
internacionales - para compensar los daños sociales y
medioambientales ya ocasionados. Los potenciales
infraestructurales de nuestros ejércitos
adquirirán nuevas funciones en la sanidad, el
transporte y la comunicación de las regiones del
mundo todavía desfavorecidas. Resolveremos el
problema del hambre por medio del abandono de la
contraproducente y, según el balance
energético, disparatada producción de animales
en beneficio de una agricultura adaptada a las condiciones
naturales. Si aprovechamos los alimentos puestos a nuestra
disposición por la naturaleza sin refinarlos
industrialmente ni tratarlos con substancias tóxicas
ganamos por partida doble: disminuirán las llamadas
enfermedades de la civilización y nadie tendrá
que sufrir hambre. Sin la sola obsesión monetaria nos
liberaremos hacia la clara visión de todas las
consecuencias de nuestras acciones. Terminaremos con el
despilfarro de WoManPower, de material y de energía
también en el sector de las batallas virtuales de la
bolsa. Aceptamos la integridad de las informaciones
hereditarias surgidas conforme a la evolución y, por
ende, nos mostramos muy precavidos y restrictivos respecto
de la manipulación humana de las estructuras de las
informaciones genéticas. Recuperamos nuestro
potencial de evitar el peligro creciente y amenazante de la
autodestrucción.
Los
pueblos culturalmente maduros se caracterizan, entre otras
cosas, por una forma de vida responsable y por tasas de
crecimiento comedidas. Personas espiritualmente satisfechas
y corporalmente sanas son inmunes contra las tentaciones de
una publicidad irresponsable que incita al consumo creciente
de cualquier tipo mercancía. Una demanda no
estimulada artificialmente no agota las reservas de las
materias primas. Las industrias no contaminantes trabajan
con sistemas de producción y principios de
elaboración idénticos a los de la naturaleza y
garantizan de esta manera un ciclo de las reservas
energéticas y de material exento de tóxicos.
Copiemos las leyes de la naturaleza utilizando - igual que
la vida misma - las fuerzas naturales del sol, el viento y
el agua. Imitemos la vida y reconozcamos cómo la
búsqueda milenaria del perpetuum mobile no fue en
balde. Puesto que no somos los inventores del mundo vivo,
nunca podremos aspirar a los derechos de autor, aunque
sí disponemos, como partícipes en la vida y la
naturaleza, de los derechos de uso.
La
vida sobre la Tierra es, a causa de su inherente
mecánica, dinámica y organización, una
obra maravillosa cuyo funcionamiento libre es capaz
de incrementar, por el bien de todos nosotros, el grado de
organización de nuestro planeta.
A
través de una política de compatibilidad
ecológica y de justicia social, los sistemas
instaurados por la humanidad pueden reducir la
entropía. Trabajemos para preservar, no para
destruir. De esta manera nos salvamos de la muerte global.
Nuestro trabajo estará al servicio de la
transformación del mundo en un mundo de paz.
Convertiremos nuestros sueños en ideales de la vida y
redactaremos con ellos una relación de objetivos
políticos que posibilitarán un sistema social
justo, una economía concordante y una cultura abierta
más allá de las ideologías y religiones
dogmáticas. Por el bien de nuestra supervivencia y en
aras de la responsabilidad por la vida someteremos la
constitución y los fundamentos jurídicos de
todas las naciones a procesos continuos de
modificación hasta que los hayamos adaptado a un
estado de convivencia solidaria. Cuanto más se
consolide en la conciencia el sentimiento común a
favor de la comunidad de seres vivos en la Tierra, antes
conducirá la internalización espiritual a una
descentralización de los sistemas de
regulación de la política mundial. La
internalización espiritual de una unidad social
global elevará el sentimiento de solidaridad entre
las personas y su acción sinergética con la
naturaleza a un estado de normalidad.
Los
procesos actuales de cambio social, que se están
desarrollando en todo el mundo, ofrecen nuevas oportunidades
para resolver los problemas conocidos. Sin embargo,
sólo la creación de un clima
terapéutico es capaz de eliminar aberraciones
sociales. La contribución de cada individuo radica en
la posibilidad de desarrollar una conducta consciente y
dispuesta a aprender. Hay que fomentar el desarrollo propio
hacia una conciencia social y exenta de prejuicios, para
poder identificar las tendencias contrarias al progreso y
orientadas al poder presentes en los órganos
eclesiásticos y estatales así como asfixiarlas
mediante la retirada de nuestro apoyo personal (disidencia).
Sólo de esta manera podemos liberarnos de los
obstáculos contraevolucionarios y sus
fatídicas consecuencias que vienen
presentándose con regularidad. El animado intercambio
de ideas en el ámbito privado y la voluntad de
compromiso con los agentes ecológico-sociales
conducirán a una mayor sensibilidad y flexibilidad de
los órganos de nuestra sociedad necesarias para
encontrarnos a la altura de los desafíos de nuestra
existencia y del futuro. Mediante una discusión
más profunda de las relaciones y de las tesis
expuestas es posible el nacimiento de un foro cuyas
declaraciones podrían convertirse en los hitos de un
futuro evolutivo.
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